EN EL CENTRO PENITENCIARIO DE SEGOVIA, ESPAÑA Un día en una cárcel especial

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El centro penitenciario de Segovia, situado en Perogordo, es el único que cuenta con una Unidad Educativa Especial, un programa que alberga presos con discapacidad intelectual. Desde que esta unidad viera la luz en abril de 2004 como un proyecto pionero, ya han pasado cerca de 90 internos. El módulo 1 del centro penitenciario ha sido el destino de muchos internos procedentes de diferentes cárceles nacionales. «En todas las penitenciarías de España existe un programa de discapacitados, pero este módulo de Segovia es la parte central de la estrella, de la que parte todo», manifiesta el subdirector del tratamiento, Manuel Roca.

En la actualidad, el módulo 1 está ocupado por 34 internos, más los 6 presos escogidos por los técnicos para que trabajen ayudando a los compañeros con discapacidad.

Dentro del sistema penal, una Unidad Educativa Especial es un centro que alberga a internos judiciales que están sometidos a unas medidas de seguridad. Los internos que se encuentran en esta unidad no son reclusos corrientes, pues la diferencia es que son inimputables, ya que por su discapacidad intelectual han sido condenados a una medida de internamiento de una determinada duración teniendo en cuenta que en el momento de la comisión del delito no eran responsables penalmente. Los internos en este módulo no tienen capacidad para ser culpables.

El sistema penal español marca tres tipos de establecimientos donde puede ir una persona que no sea responsable penalmente: los psiquiátricos, las unidades de tratamiento de droga y las unidades educativas especiales.

Aunque una gran parte de la sociedad pueda confundir esta unidad especial con un psiquiátrico, el subdirector del tratamiento asegura que «no albergamos enfermos psiquiátricos, un discapacitado intelectual fundamentalmente lo que tiene es disminuida su inteligencia». Algo en lo que están de acuerdo la psicóloga y coordinadora del módulo, María José Bartolomé, y el educador social, Miguel Ángel García. Este programa, que se puso en funcionamiento con un mes de preparación, ya se encuentra muy asentado.

Módulo de discapacitados
Para llevar a cabo esta unidad, que poco a poco va consiguiendo sus objetivos, trabajan a tiempo completo un educador, una psicóloga y personal técnico, como un trabajador social, un terapeuta ocupacional y un profesor que es también monitor deportivo de la Confederación Española de Organizaciones en Favor de las Personas con Discapacidad Intelectual (Feaps).

Entrar de visita en el módulo de discapacitados de la cárcel es una experiencia que cambia la percepción de los delincuentes que esperas encontrar allí. Uno se olvida de los antecedentes que han hecho que estos 34 muchachos, como los denominan los técnicos del programa, estén en prisión; y eso que hay delitos muy difíciles de olvidar debido a su gravedad. Por unos instantes se puede llegar a entender el porqué del acto delictivo. En gran parte de estos internos ‘especiales’ se aprecia el mismo origen, y no es un gen del comportamiento delictivo, sino la sociedad, un entorno marginal y familias incapaces de canalizar el problema que surge con un miembro con discapacidad intelectual.

Todos presentan un retraso mental que se abordó de la misma manera y con una simple receta de marginación y mala asistencia exterior. «Con un tratamiento educativo de aprendizaje es impensable que estos chavales hubieran llegado a este punto, podrían estar perfectamente en sus pueblos, trabajando y haciendo vida lo más normal dentro de sus circunstancias», declara Roca.

Alcohol y drogas
Por su parte la psicóloga sostiene que «el problema más grave es que muchos de ellos presentan una patología dual con drogodependencia y un consumo abusivo de alcohol, por ello en la calle les aumenta la peligrosidad disparando sus comportamientos tanto hacia los demás como hacia ellos mismos».

Bartolomé continúa explicando que «en la calle, estos chicos, más que ser drogodependientes por propia iniciativa, lo son por influencias de otras personas para relacionarse con grupos que a ellos les parecen interesantes y ser aceptados».

La droga es uno de los factores que determina la entrada en prisión, ya que «un muchacho con retraso mental, sin problemas de drogas y adaptado en la calle, no tiene porqué comenten ningún delito».
Lamayor carencia que muestran estos muchachos es la educativa, pero gracias al programa específicamente diseñado para ellos comienzan a adquirir hábitos de aprendizaje y de conducta.

«Desde el punto de vista psicológico, el programa no puede ser muy complicado, porque tienen un razonamiento muy limitado», expone la coordinadora. «Siempre jugamos con refuerzos y con lo que conocemos como ‘premio-castigo’». Nunca es la aplicación de un castigo físico, sino una privación de algo que a ellos les gusta, como puede ser ir al cine porque se haya portado mal una semana.

«Hay chavales que han pegado un cambio brutal, que llegaron incluso comiendo con las manos y sin hábitos con los que poder sociabilizarse, muchachos que en la calle son gente complicadísima y aquí están estupendamente», subraya.

El módulo de educación especial de la cárcel de Perogordo ha obtenido tanto el reconocimiento y mención en prácticas internacionales y nacional como un premio de la Dirección General. «La Unidad Educativa Especial es un proyecto del cual nos sentimos orgullosos y al que le hemos dedicado muchas horas de trabajo», asegura Roca, quien agradece la labor de los funcionarios, que «cuando se abrió el módulo estaban recelosos, no sabían que iba a pasar, y se mostraban inseguros a la hora de manejar a este tipo de personas, porque los confundían con los psiquiátricos, pero han cambiado completamente». «Ahora no se quiere ir nadie del módulo», concluye.

Son muchos los reclusos que han pasado por esta unidad de la cárcel como un objeto de estudio, pues no hay que olvidar que el módulo es pionero en el ámbito nacional.

Durante el mes de agosto, las actividades son diferentes al resto del año, pues el curso escolar se encuentra en descanso, pero normalmente de 10.00 a 11.30 los muchachos acuden a la escuela, que es obligatoria para todos los internos. Como no todos tienen el mismo nivel de alfabetización, el grupo es dividido en diferentes clases. En la actualidad, cuatro de los reclusos con discapacidad participan en la escuela del centro junto a los presos ‘normales’, tres acuden a los talleres ocupacionales de informática, jardinería, pastelería o madera, entre otros, y el resto reciben clases especiales.

Tras las clases escolares, los internos reciben asesoría judicial para solucionar las dudas que tienen en cuanto a comunicaciones, situación procesal penitenciaria, sus condenas y otros problemas que les preocupan. «Ingresar aquí es bastante sencillo, pero ponerlos en libertad en el exterior nos cuesta muchísimo», afirma el subdirector del tratamiento.

«El problema es que no hay medios para seguir con el proceso de educación de estos internos una vez están en el exterior y muchos de ellos no cuentan con la ayuda de la familia, que es un pilar fundamental para progresar».

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